ASOCIACIÓN ANTIGUOS ALUMNOS REDENTORISTAS Y CORO SAN ALFONSO
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                                                                                                           Editorial PS

Director: Francisco Caballero CCsR

A continuación encontrarás unas Editoriales PUBLICADAS en la Revista ICONO  y escritas por Francisco J. Caballero CSsR

                 EDITORIAL

                > EL PESO DE LA FELICIDAD

                > TAN SENCILLO COMO LA PALMA DE LA MANO

                > TENER FE ¿CAMBIA LA VIDA?

                > EL PERDÓN O LA PEDAGOGÍA DEL AMOR.

                > LA FE QUE NACE DEL SILENCIO

      QUIÉN ES FRANCISCO JAVIER CABALLERO

 PD. Puedes comentar al final de cada Editorial y se las haremos llegar al Autor

 

                                 El peso de la felicidad.

Cuando pretendemos dar razón de la felicidad, acabamos con ella. Como bien apunta José Tolentino Mendonça: “Nos conformamos con que sea un bien tan deseado como escaso. A menudo la miramos como miran la luna los mendigos, sin saber muy bien qué pensar de ella ni de nosotros, aceptando que quizá no pertenezca a este mundo, pero sin dejar de sentirnos confundidos al contemplar su brillo tan cercano”.

       Solemos decir, con cierta frecuencia, que Dios nos quiere felices o que está empeñado en nuestra felicidad, sin embargo, no siempre la experimentamos. La pregunta es: ¿qué es para mí ser feliz? En la mayoría de las ocasiones, la respuesta sería conseguir aquello que no se tiene: un trabajo, un viaje, dinero, pareja… En definitiva, satisfacer carencias, pero ¿cuántas veces hemos conseguido lo que deseábamos y no nos ha revertido en felicidad? La insatisfacción está servida. Cuando conseguimos una cosa, se nos dispara el deseo de otra y por este camino nunca llegamos a la felicidad, sino a la frustración.

         Tenemos cierto conocimiento de la felicidad, cuando somos capaces de recrear instantes plenos o intensos, en los que no echamos de menos nada y, sobre todo, a nadie. Pero son instantes. Por eso, frecuentemente, más que felicidad, buscamos plenitud y la plenitud no es algo que se posee o se atrapa en un instante de euforia, sino que se trata del impulso que sostiene la vida. Descrito con palabras cercanas se parece a la tranquilidad de sentirse bien con uno mismo, a vivir en coherencia y agradecidos por el don de la vida, a ser honrados y honestos con los otros, a no guardar rencor ni llevar cuentas del mal, a ser solidarios con los que más lo necesitan, a estar reconciliados con la vida y la muerte, a estar habitados por la armonía aun en las situaciones más difíciles… Se parece −también para los creyentesa haber descubierto cómo Dios nos va trabajando por dentro a cada uno y, al mismo tiempo, va iluminando hasta los lugares más recónditos de nuestra existencia. Plenitud es amar la vida y reconocer en las cosas más sencillas la grandeza de Dios.

         La plenitud no es algo que se posee o se atrapa en un instante de euforia, sino que se trata del impulso que sostiene la vida

       Sor Blanca es una misionera que trabajó durante años en un orfanato en el Congo. La mayoría de los días no tenían nada para dar de comer a los niños. Pero cuando alguien dejaba un saco de arroz o harina en su puerta, hacían una fiesta, ¡ya tenían con qué alimentar a los niños! El papa Francisco nos recordaba en Evangelii gaudium la facilidad con la que se le puede dar una alegría a un pobre y qué difícil es dar una alegría a un rico. Felicidad y plenitud. Consumismo o la fuerza de lo pequeño. Si nos dejaran a la puerta un saco de arroz o de harina… ¿haríamos una fiesta?.

Francisco Javier Caballero, CSsR

director@revistaicono.org

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          TAN SENCILLO COMO LA PALMA DE LA MANO

Seguramente no somos originales cuando afirmamos que la posibilidad de conexión con este tiempo no está lejos de María. Ella, con su particular generosidad de madre, está bien cerca de este momento, esta sociedad y esta cultura en la que tantas veces nos cuesta encontrar conexión con los principios de fe.

       Y es como si María, la madre, el Perpetuo Socorro de cada persona y cada historia, estuviese en la palma de la mano. Siempre disponible, siempre cercana y siempre posible.

       La vida de fe y el calor, que las comunidades cristianas tenemos que celebrar, pueden encontrar en el estilo próximo de María la manera de cómo acercarnos a cada uno, cómo escuchar cada vida, cómo acariciar cada dolor o atenuar cada sufrimiento. María es el paradigma de una Iglesia en salida y en acogida. Una Iglesia peregrina y ágil que está presente en cada persona y acontecimiento. El paradigma de una Iglesia madre que no quiere la foto perfecta, ni la celebración perfecta de la familia perfecta, porque no existe. Quiere el encuentro de los distantes, la concentración de los dispersos y el reconocimiento de quienes habitualmente la sociedad no reconoce.

           Celebramos un año más el Perpetuo Socorro. Se mueven en nuestro interior recuerdos del ayer. Solo son recuerdos, porque la fe tiene que ser una respuesta actual. El Perpetuo Socorro necesita manos y voces de este presente para llegar “socorriendo” a la necesidad de este presente. El misterio de verdad somos nosotros.

        El milagro transformador es nuestra comunidad reunida y convocada en la fe.

           Si algo tenemos que pedirnos hoy son dos aspectos. Por un lado, saber ver más allá de donde habitualmente ponemos nuestros ojos. El bien y el don de la maternidad de María no lo agotamos solo nosotros que, por supuesto, no somos los buenos. Está presente en infinidad de signos de nuestro mundo. En cantidad de mujeres que se quitan el bocado para sacar adelante a los suyos; en las personas que gastan su tiempo, su dinero y su vida en un sano compartir por el mero hecho de ser humanidad. Por otro, en hacernos una pregunta sincera y directa. Más allá de formas, tradiciones y recuerdos… yo, de verdad, ¿creo? Y si creo, ¿no debería vivir de otro modo? ¿Compartir de otro modo? ¿Juzgar de otro modo?

Pídele fuerza para aprender a compartir tanto bien recibido y gracia para no gastar lo mejor de tu vida pensando solo en ti

     Desde esta tu revista, una sugerencia para vivir este año el Perpetuo Socorro. Ponla en la palma de tu mano. Déjala que viva contigo, que te acompañe, que sea tu fuerza. No hace falta que le digas cosas, deja que ella te diga. Día y noche que sea tu apoyo, tu seguridad y tu gesto. Solo una intención y una súplica.Pídele que te ayude a creer y a sentir como ella te cree. Pídele fuerza para aprender a compartirtanto bien recibido y gracia para no gastar lo mejor de tu vida pensando solo en ti.

         El rostro del Perpetuo Socorro es la armonía de la vida. Sostiene a quien salva, pero no muestra el esfuerzo por hacerlo; la sola mirada es comprensión de cada vida contemplada, de cada historia y de cada persona. Ojalá, este año, nos conceda la Virgen Madre una fiesta comprometida, sincera y abierta a todos. Una fiesta tan próxima y alternativa como llevar a la Virgen en la palma de la mano.

                                                                                                                                                 Francisco Javier Caballero, CSsR

director@revistaicono.org

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                                TENER FE ¿CAMBIA LA VIDA?

            Hace muy poco y a “bocajarro” me preguntaron: Tener fe ¿cambia la vida? Todavía me resuena algo que no me deja tranquilo. Descubrí que mi respuesta pertenece más a la estantería de lo esperado, que a la vivencia de quien confía. El papa Francisco continuamente nos recuerda la necesidad de pasar de lo aparentemente “correcto”, manifestado en una fe acomodada e indolente, sin preguntas ni respuestas, marcada por el sopor de la rutina o el “nada puede cambiar”, a las actitudes de quien confiesa que su vida está habitada por Jesús, el Hijo de Dios, que por cada uno de nosotros ha muerto y resucitado.

         Quizá el desencuentro con la pregunta viene del cambio de vida. Troquelados por un mundo con solución para todo, también puede ser entendida así la fe. Desde siempre, ha sido tenida como refugio para quien no era capaz de afrontar la vida o los retos de la existencia. Una de las clarificaciones previas de toda comunidad cristiana es justamente esa…, todo menos el refugio de quienes se esconden de la responsabilidad por miedo.

          Tener fe cambia la vida, porque le devuelve su esencia. El vértigo de dejarte hacer, el caminar en providencia, que es incertidumbre y esperanza, sabiendo, sin saber, que no conoces el final, pero es un final escrito por Dios. La fe cambia la vida, la forma de gozarla y compartirla, los valores que la sostienen y las soledades que la acechan. La fe es sentido y contenido. Trabajar los valores de la fe, compartirlos y permitir, desde ellos, que nazca la disponibilidad para el cambio, el compartir solidario y el tiempo regalado sin medida es entender que, efectivamente, creer cambia la vida.

      El problema de la frase es lo dominado que tenemos el lenguaje, la pérdida de significación, el consumo de palabras o el vacío en el que hemos podido dejar a Dios. Seguimos padeciendo una “profundísima crisis de lo creíble” y, ahí, lógicamente entra la experiencia de Dios. Tener fe cambia la vida cuando es la fe la clave de lectura de la existencia. Cuando se llena de palabras con vida porque responde a experiencias compartidas, a gestos regalados, a amor. Porque la fe es amor. Y esa es la bisagra, el gozne que hace renacer nuestra pertenencia comunitaria, cristiana, y nuestra mirada sincera a la Cruz como fuente de vida y de criterio.

¿Quieres que cambie tu vida a la sombra de la cruz?

          Hijos e hijas de este tiempo fortalecemos una experiencia de Dios profundamente endogámica y egoísta. Todo pasa por lo que veo, vivo y siento. El cambio es dejarnos contemplar, reconocer y amar por la sombra de resurrección que nace de la Cruz. Este año podemos fijarnos y descubriremos que la sombra de la resurrección tiene forma de comunidad, tiene forma de cruz. La gran lección de la Pascua no es otra que el compromiso de dejar que la fe renueve la vida, nos transporte del ego-sistema, solo para mí, al eco-sistema, para ser con otros y otras.

        Nuestra portada es esa cruz, dolor, paso, puente, luz, vida, reconocimiento, resurrección, fraternidad. Es todo. La acogida sincera, el abrazo sin duda que Dios ofrece a cada uno para que la fe, de verdad, cambie la vida. Nuestra vida.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

Francisco Javier Caballero, CSsR

director@revistaicono.o

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                                                                  El perdón o la pedagogía del amor

                      En un tiempo en el que todo se consume, da miedo aludir al perdón. Es, probablemente, el signo más preclaro de que Dios hace camino con el ser humano. Si no fuera por él y por su gracia, nos sentiríamos siempre justificados para no dar un paso hacia el encuentro de quien nos faltó, nos ignoró o nos despreció. Pero el perdón es la base de la fe y la comunión; es el hilo conductor del Reino y de la pertenencia eclesial. Todos los discursos y grandes tejidos ideológicos y culturales se resumen en algo tan sencillo y directo como la limpieza de nuestro corazón y la capacidad para perdonar. La argumentación del mundo de las ideas es tratar de convencernos unos a otros.

          El perdón, sin embargo, es un vuelco en el pensamiento y también en la justicia. Es “el mundo del revés”, en el que desaparece el mérito y la deuda; la gratificación y el reconocimiento; el te doy para que me des… En ese mundo del revés que reivindica el perdón, queda sola la persona, limpia, hija de Dios, reconocida y amada por serlo; queda Dios, Padre, compañero de camino, con amor generoso como para que nadie ande reclamándoselo a otro, y quedan los otros, los hermanos y hermanas, los prójimos y próximos. Quedan todos los que hacen que nuestra vida sea comunión, intercambio, encuentro y discernimiento. 

       Queda el regalo de una humanidad que Dios Padre convierte en hermana, convocada a la misma suerte de salvación y esperanza que yo, e invitada a descubrir la capacidad sorprendente de nueva vida que tiene la reconciliación.

No hay experiencia de calado tan profundo como el proceso regenerativo que vivimos, cuando recibimos y damos perdón.

      Las  mejores capacidades y donaciones brotan cuando experimentamos, en propia carne, poder empezar de nuevo, sabernos valorados en lo que ya somos, independientemente del merecimiento que podamos tener. Prodigar esa experiencia entre nuestros contemporáneos es hacer Reino, construir humanidad, caminar en sentido de Iglesia. Algunos análisis simplistas, sobre lo que está ocurriendo con el sacramento de la reconciliación, concluyen que la gente ha dejado de confesarse…

         Es una forma de no decir nada y, además, no querer entender cómo y por dónde va el perdón de Dios. Lo preocupante es que nuestra sociedad ha dejado de necesitarse, de vivir en comunión. Las rupturas forman parte del guion de una suerte de supervivencia, en la cual lo importante es triunfar. De ahí, es fácil deducir que haya caído la búsqueda sacramental del perdón. Por eso, el camino que este tiempo nos pide es sembrar encuentro, acercar posturas, abrir diálogos y persuadir del valor inmenso de saber celebrarlo ante Dios, dejándonos reconciliar por él.

Francisco Javier Caballero, CSsR
director@revistaicono.o

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                                           LA FE QUE NACE DEL SILENCIO

         Cuando somos capaces de escuchar el silencio que nos habita, se abre ante nosotros un espacio casi infinito y desconocido… Es la anchura del silencio. Si, además, permanecemos en él y no salimos corriendo a abrazar la seguridad del ruido, la vida se irá, poco a poco, transformando. El silencio es un lugar de oportunidades, una ardua travesía; como un agrietar el alma para, a través de esa hendidura, encontrar la razón y el sentido de la vida que es la paz que Dios nos regala.

          Nuestra sociedad líquida nos ofrece, continuamente, entretenimiento y ruido al por mayor, sin dejarnos ni un instante para el silencio. Quizá sea más fácil vivir inmersos en esa corriente de ruido que se olvida del prójimo y, a veces, de uno mismo. Puede que estemos llamados a ser autómatas que consumen, repiten y calcan hábitos prediseñados en las oficinas de las grandes multinacionales.

Pero,puede, también, que el ser humano –en general–, y el cristiano –en particular–, tenga una palabra que nace del libre albedrío en el que Dios nos ha engendrado. Esta ha de nacer de la contemplación silenciosa de la vida y de la acción callada de Dios en ella.

         No podemos acudir al silencio como el que ya conoce la respuesta. Al silencio se acude por mera gratuidad y él se irá encargando de innovar nuestra visión desde su peculiar pedagogía. Martín Scorsese, director de cine norteamericano que en su juventud fue seminarista, ha hecho una gran aportación al cine con su última película: Silencio. En ella dos jesuitas acuden a Japón en el siglo XVII para reencontrarse con el que había sido su formador y que, según cuentan, había apostatado de la fe cristiana ante las continuas torturas o la posibilidad del martirio.

        A lo largo de la película el silencio está omnipresente, se palpa, y, lo más aterrador, hasta se escucha el silencio de Dios. No hay respuestas, solo preguntas, no hay compensaciones, solo intuición y gratuidad. No hay acicates para seguir a Jesús, solo la cruz… Desde ahí solo puede emerger el abrazo de la duda, el sí gratuito que no espera nada a cambio, la opción de dejarse habitar por Dios, incluso, dudando de su propia existencia… Desde ese silencio emerge lo más valioso para el ser humano: nace la fe.

Desde ese silencio emerge lo más valioso para el ser humano: nace la fe

       Han sido muchos los que nos han precedido en la fe, aquellos que, además, han experimentado esa ausencia silenciosa o esa herida callada que, sin embargo, no les ha impedido llevar a cabo la misión que sentían encomendada por Dios. Quienes han apoyado su fortaleza en la debilidad de saberse contemplados en el silencio de Dios, son ejemplo de fe y fuerza para quienes hoy buscamos creer.

Francisco Javier Caballero, CSsR    director@revistaicono.org

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                                                        QUIÉN ES FRANCISCO JAVIER CABALLERO ÁVILA...?

                         Descubrir a un Dios más empeñado en querernos que en juzgarnos

            Desde que tengo uso de razón Jesucristo siempre ha despertado una gran curiosidad en mí. Mis recuerdos siempre me conducen al mismo sitio: quién es Jesús. El hecho de pertenecer a una familia de profundas convicciones cristianas me ayudó a ir descubriéndolo poco a poco. A hacerlo vida y experimentar su presencia como lo más natural de mi existir. Cuando comencé los estudios de Derecho en la Universidad en Granada conocí a los Misioneros Redentoristas. Con ellos llegué a dar forma a lo que había sido mi gran inquietud en los primeros años de mi vida.

               El conocimiento me llevó entonces a un nuevo verbo que cambió mi ruta: quería seguirlo. Poco a poco comencé a frecuentar los grupos de jóvenes universitarios, a compartir la Palabra, a participar en la Misión de jóvenes redentoristas, retiros, encuentros… Así, ese Jesucristo fue arraigando en mí, de tal forma, que el seguimiento encontró su sitio impulsado por un deseo interior, superior a cualquier otra motivación. Los misioneros redentoristas que fui conociendo siempre acentuaban la infinita capacidad de amar de Dios. Me enseñaron, con sus vidas, cómo el camino es dejarte configurar por Jesús que es la expresión máxima del amor de Dios… Jesús acoge, quiere, solidariza, e impulsa a dar la vida por los otros…

               Y esa fue mi experiencia fundante: descubrir a un Dios más empeñado en querernos que en juzgarnos como diría nuestro fundador San Alfonso María de Ligorio. Descubrir esto me impactó y me hizo ser mejor persona. Me han marcado esas inacabables charlas o coloquios con redentoristas que siempre tenían tiempo para escuchar a jóvenes que, como yo, estaban en búsqueda…

                       Después de un año de acompañamiento vocacional decidí dar el paso y pedí ser admitido en la congregación como postulante. Tras ese tiempo, no exento de dificultades, fui descubriendo a un Jesús todavía más grande y, como diría Santa Teresa, era entrar en la siguiente morada del castillo interior. Algo así como el paso de los grandes titulares de la historia, para reconocerme amado por Dios en los pequeños hitos de mi historia. Pasar por el propio corazón lo que en teoría me sabía bien. Hice la profesión religiosa en 2001, y estudié teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, después destinado a Madrid, donde acabé mi formación inicial e hice la profesión perpetua en 2005.

                      Me ordené de Diácono en 2006 y de sacerdote en 2007. Al recordar estas fechas me doy cuenta que parecen muy próximas, pero sin embargo me permitieron tener las vivencias más importantes de mi existencia como cristiano y religioso.

                     Después de este periodo de formación, comenzó mi etapa ministerial desde la Congregación en la que fundamentalmente he estado al servicio de la evangelización de niños y jóvenes en las parroquias de mi congregación en Salamanca y Madrid. Actualmente vivo en Madrid (San Gerardo). Procuro estar muy atento aprendiendo en el seguimiento desde el ministerio parroquial, aunque mi tarea fundamental es la edición, el acompañamiento de la vida religiosa y la docencia. Dirijo la revista Icono, que es un órgano de evangelización de mi Congregación; editor de la revista Vida Religiosa; imparto clases en Comillas y el ITVR, además de otras como la Asesoría Jurídica de Confer y como Juez Ponente Ad casum en el Tribunal Eclesiástico de Madrid.

           El lema de los redentoristas es  Copiosa apud eum redemptio, (en él la redención es abundante) y eso es lo que cada día, intento vivir con mis hermanos de comunidad en esta Iglesia Local que nos ha acogido y de la que somos compañeros en camino.

   Fue ordenado sacerdote  el 29 de Abril de 2017 en el Santuario del Perpetuo Socorro de Granada. Celebró su Primera Misa en su pueblo natal, Chimeneas (Granada)

CONGREGACIÓN DEL SANTÍSIMO REDENTOR (Redentoristas)

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