ASOCIACIÓN ANTIGUOS ALUMNOS REDENTORISTAS Y CORO SAN ALFONSO
          ASOCIACIÓN    ANTIGUOS   ALUMNOS   REDENTORISTAS  Y  CORO   SAN   ALFONSO   

                                                    RECORDANDO 

Aquí puedes encontrar:    > LX Aniversario por  J.M. Rodríguez.          >Sombría tarde de Mayo por J.M.Rodríguez               

          > Foto XI Promoción.

                       LX ANIVERSARIO DEL CURSILLO de selección  1960-61

                                                                                                                                              Al final foto de segundo con los nombres

                                                     EL CURSILLO (1960)

                                         Por Juan Manuel Rodríguez Cabrero

 

   El día ha amanecido azul y tibio, compatible con esta fecha de casi mediada primavera; 30 de abril de 1960. Probablemente ha despertado el niño antes de lo habitual, si es que ha podido dormir tan profundamente como suele. Y es que el día promete inusuales emociones. No las ofrece en especial la mañana, pues, como todos los sábados, hay que ir a la escuela. En cambio, la tarde se perfila adobada de nerviosa expectación.

   Hace algunos meses había llevado la madre un programa de preparación para ingreso en un colegio regentado por unos misioneros de nombre hasta entonces desconocido por la familia. Se sabía que el hijo del carpintero que vivía enfrente de los abuelos estudiaba con aquellos frailes en Santafé (¿nombre de la institución religiosa, o simple topónimo perteneciente a la provincia de Granada?). Pues bien, aquel programa de preparación académica, con formato de catecismo sin otro color que el negro incluso en su portada, había pasado por las manos del niño. Sesenta años después recordaba aún cómo una noche, metido ya en la cama de su dormitorio, sintió una punzada en el estómago mientras lo hojeaba antes de apagar la luz. Y aquel día 30 de abril había llegado en un abrir y cerrar de ojos.

   Seguramente, como todos los sábados de entonces, el niño había asistido a la sesión  de tarde de la escuela. Uno o dos cursos antes su maestro dibujaba en la pizarra con cilíndricas tizas de colores la escena central del evangelio del domingo, ilustrando el texto que previamente había escrito con blanca grafía impecable sobre fondo verde oscuro o negro.

   Eran como las cinco de la tarde cuando el niño, junto con sus dos primos, uno de su misma edad y otro un año mayor, volvían a sentarse en el aula vacía de la vieja escuela de La Calzada, a la izquierda del fondo del patio de recreo. Un hombre alto ensotanado como un cura corriente (si era misionero, ¿cómo es que no llevaba barbas?), el P. Lorenzo Varona, había entrado con los aspirantes.

   - Copiad este dictado.

   No parecía más difícil que aquellos que hacían casi a diario con su maestro. “Yo he tenido cero faltas; ¿y tú? –solían preguntarse unos a otros los condiscípulos mientras revisaban las correcciones en rojo de sus cuadernos.

   -Niños, haced ahora estos quebrados –prueba de Matemáticas, bastante más temida.

   El cura misionero se sienta a horcajadas en su Vespa aparcada en la acera de la escuela y se ajusta el casco de motorista.

   - En unos días sabrán por correo si los niños han sido seleccionados para hacer el cursillo en Santafé –dice despidiéndose de los padres.

   La moto arranca con estruendo y se pierde en lo alto de La Calzada tras girar a la derecha, de regreso a Santafé. Hacia allá se encamina el niño con sus padres, pues en la misma carretera, pero en sentido contrario, les aguarda el camión entoldado repleto de romeros que se aprietan en doble hilera de sillas alineadas a ambos flancos del cajón del vehículo. ¿Han reservado alguna para el niño, o tendrá que viajar hasta el santuario de la Virgen de la Cabeza sentado alternativamente sobre las piernas del padre y de la madre?

   El camión, que no ha cesado de roncar desde que el trío familiar llegó a sus inmediaciones, arranca pesadamente sin dejar de expeler su mareante olor a gasolina. Comienza un traqueteo torturador a lo largo de los ochenta y tantos kilómetros de viaje por una carretera empedrada y sembrada de baches.

                                                                                                           JUAN MANUEL RODRIGUEZ CABRERO

       SOMBRÍA TARDE DE MAYO

                           Por Juan Manuel Rodríguez Cabrero

 

               Cinco de mayo de 1960. El niño de diez años despierta con sensación de madrugada extrema. Su madre acaba de entrar en la alcoba.

- Vamos, hijo, que te tienes que tomar la pastilla una hora antes de echar a andar.

Se refiere la madre a la Biodramina, el fármaco recomendado contra el mareo del viaje en coche.

El niño desayuna leche de cabra con Cola Cao y moja magdalenas en su tazón. Las hizo ayer la madre en el horno de la tahona vecina. De ellas le ha preparado en una caja de calzado un paquete para sus desayunos en el colegio. Pero ahora, con el estómago aún estragado por los humores nauseosos de la madrugada, el niño va mojando algunas perezosamente en el tazón.

El niño y sus padres suben a la plaza del pueblo, donde, junto a la fuente, les espera el coche de “Montefrío”. Viajan también sus dos amigos, también admitidos para el cursillo de prueba. Sus respectivos padres viajan también, quién sabe si más ilusionados que los propios niños por el señuelo de conocer la ciudad de Granada. Pero una sombra de inquietud o de tristeza preside esta soleada mañana primaveral. ¿Viajan los nueve en un único coche, uno de esos largos vehículos de la época pensados para albergar a seis o siete adultos? Suelen disponer, además de los asientos habituales, de dos o tres banquitos de madera adaptados para niños.

Aún no calienta apenas el sol y el chapoteo de los dos caños de la fuente al verter en sus senos añade frescor de escalofrío a la mañana. Un penetrante olor nauseabundo a gasolina anticipa la angustia del viaje. En uno de los coches viaja Rogelio.

Es un hombre de unos cincuenta años, pero al niño se le figura que es mucho mayor que sus padres, próximos a cumplir los cuarenta. Rogelio usa siempre sombrero de fieltro; en esta ocasión luce uno reservado para los días especiales como éste en que viaja a Granada para visitar a sus dos hijos adolescentes, estudiantes de bachillerato en el prestigioso colegio del Sacromonte.

- Ya veréis aquellos frailes, con unas barbas que se las atan con el cinto –dice Rogelio todo serio a los niños.

El coche entra en el pueblo vecino, se interna por los aledaños y baja en cuesta pronunciada hasta la carretera nacional de Jaén. Al fondo, la depresión del Guadalquivir y, coronándola, las azules montañas de Sierra Mágina. Para el niño, un panorama totalmente desconocido, pues ni siquiera reconoce en la mole serrana los montes que siempre ha visto recortarse, lejanos, en lo alto del horizonte desde las eras de Lupión.

Es ya media mañana y hace rato que la carretera se ha metamorfoseado en una espantosa serpiente negra de anillos interminables. El niño ya ha vomitado por una ventanilla del vehículo su desayuno de leche de cabra con Cola Cao y magdalenas. Es hora de una tregua a la inmovilidad y al mareo, y los viajeros ponen pie en tierra buscando la cafetería que hay a pocos metros de la carretera. ¿Pidieron para el niño una manzanilla que le asentase el estómago, o aquel café con leche enormemente amargo que aún recuerda de uno de sus primeros viajes a Santafé?

 Los viajeros avistan ya Granada. La pesadilla del asfalto toca a su fin. Ya abandonan el coche junto al Darro, un arroyo de desmesurado cauce por donde pulula una colonia de gatos que se disputan desperdicios de sardinas y boquerones. En el recuesto de la margen opuesta del riachuelo yergue sus torres y muros la bermeja Alhambra.

Unos primos de los tíos del niño viven no lejos de donde está aparcado el coche de los viajeros. Tienen su casa en lo alto de la empinada Cuesta del Chapín, que contemplan desde abajo con ojos fatigados.

El niño no cesa de descubrir cosas extrañas. La gente habla de otra manera, con acento raro, caprichoso. Tampoco conocía hasta esta mañana que hubiera nombres de persona como los de Salvador o Piedad. El niño, que ha vivido esta jornada de asombro en asombro, la cerrará confuso y entristecido. Por la tarde, cuando ya el sol palidece en el horizonte de la vega granadina, los tres cursillistas esperan con sus padres a que el timbre que acaban de pulsar entre titubeos les franquee la puerta de madera marrón claro que se yergue, misteriosa, al final de la escalera de oscuros peldaños bruñidos.

- Ave María Purísima –dice el hermano lego de negra sotana que atiende a la portería.

Sin pecado concebida –responde tímidamente el disperso coro de los recién llegados.

En el vestíbulo hay un armario de madera con puerta de cristales en el que cuelgan rosarios y reposan sobre pequeños anaqueles también de cristal estampas, devocionarios, rosarios y medallas de plata y de alpaca. Las madres compran diversas medallas y algunos rosarios. El niño se queda con uno de cuentas marrones para los rezos que se avecinan.

El grupo se adentra indeciso por el corredor al que da la puerta de la sala de espera. Al fondo del espejeante pasillo otra puerta se abre a una terraza con escalones de fino ladrillo que descienden a los patios y campos de deportes.

- Mira, mama, ¡pues no parecen mecánicos!

La madre sonríe, melancólica. El niño se refiere al color azul grisáceo de los guardapolvos o batas de los jovenistas, (denominación de la casa para designar a sus seminaristas) que juegan en el campo de fútbol. Un Padre Socio (uno de los religiosos sacerdotes al cargo de ellos) acompaña a los recién llegados y les muestra los patios y la enorme extensión de la huerta, con árboles frutales diversos, en la que penetra un interminable vial limitado a ambos costados por sendas hileras de parras entretejidas con el apoyo de alambres y arcos de hierro distribuidos de forma regular y profusa. El niño queda prendado de los magníficos rosales de los jardines umbríos cargados de carnosas rosas blancas, amarilla, rojas… Es el mes de las flores.

Los estertores de la cálida tarde primaveral hacen más triste el momento de la despedida, duro trance que se palpaba en el ambiente.

- Por favor, los familiares de los cursillistas pueden ir despidiéndose de ellos –suena amenazante una voz metálica a través de los altavoces del campo de fútbol de los menores.

- Bueno, hijos, portaos bien y estudiad. Que no tengan que dar ninguna queja de vosotros –se dirige a los tres niños uno de los padres-.  Nosotros nos vamos ya, que se va haciendo tarde y el viaje es largo.

El niño besa a su madre despidiéndose de ella por primera vez en su vida. Nota como si sus besos fuesen ahora menos apasionados de lo que suelen; tal vez la madre pretenda con ello restar dramatismo a la ceremonia.

Un rato después los padres viajan ya de regreso a casa sin el niño, que oye cantar, arrodillado en un banco de la capilla con sus nuevos compañeros “Veniid y vaamos tooodos con floores aa porfía…” Pero él no canta porque la canción mariana presenta variaciones melódicas respecto a la versión que le enseñaron en la escuela del pueblo. Pero, sobre todo, no canta porque las lágrimas se le deslizan por las mejillas.

                                                                                                   JUAN MANUEL RODRÍGUEZ CABRERO

                                                                FOTO PROMOCIÓN XI.                                                                                                                                                                                                                                                                  SI PULSAS en la foto AGRANDARÁ

Primera fila (sentados de izda. a dcha.):      M. Guerrero Sánchez,   J. A. Pulido García,    V. Baena Sánchez, J. Márquez Romero,          L. Martín Ruiz,      R. Fernández Marín ,            I. Cabrero Parra.

Segunda fila (sentados de izda. a dcha.):      F. Leyva Navarro,    J. M. Rodríguez López,       J. L. Bustos Castillo, J. Rodríguez Cabrero,      F. Varela García,      A. Ortigosa Luque,            J. Berbel Serrano y   C. Ruiz Manzanero. Tercera fila: M. Fernández Doménech,            A. Jiménez N,      J. M. Moreno Olmos,              A. Garrido Torres,    A. Pérez García,                F. Valdivia Fernández,     A. M. García Espinosa,      F. Estévez Fuertes.

Cuarta fila: J. Posadas Pérez.     A. Martín C.,    M. Castilla Molina,       F. de Cara Sánchez,     F. Izquierdo Arrebola,      J. A. del Río Garví,   S. Diéguez Villegas    B. Martín García.

 

 

En  Santafe.

En una fiesta del padre Paz.
Promoc 60

 

 

Entre otros,

Nico Estevez,     Melguizo,     Victor Puerta, 

Paco Escudero,   Romero,     Muñoz Torres, Villarejo,               Salinas,     Calderon, Murcia,                  Villarejo  , Santaella, Viana , Prados,                  Vicente Murcia,

                ..entre otros...

 

 

 

El ESCORIAL ( se ve al fondo ).

 

 

SAMUEL es el de la izqda.

Rodriguez Lopez ,

José A. del Río

Calderon.

 

Año 65 .

Versión para imprimir Versión para imprimir | Mapa del sitio Recomendar esta página Recomendar esta página
© Asociación A.Alumnos Redentoristas de Granada LMCastilla

E-mail