VIII.- ROMANCERO DE PERSONAJES GRANADINOS de JUAN JOSÉ GALLEGO TRIBALDOS.
Romances del LXXXI al XC Clic en el nombre
LXXXV.-Luis de Narváez. LXXXIV.-Enrique Morente Tango de Morente LXXXIII.-Miguel A. Gómez Martínez LXXXIII.-.-J0sé Risueño LXXXI.-Yusuf I de Granada
ROMANCERO DE PERSONAJES GRANADINOS
LXXXV.-LUIS DE NARVÁEZ (Granadara, 1490, 1552).
Luis de Narváez fue un músico
que armonizó con prestancia
el romance fronterizo
de la pérdida de Alhama,
aquél en el que el rey moro
abatido paseaba
desde la Puerta de Elvira
hasta la de Bibarrambla
para, desde el Zacatín,
irse en caballo a la Alhambra
donde un anciano alfaquí,
de barba crecida y cana,
con gran dolor presentía
la tragedia de Granada.
¡Ay de mi Alhama!
Este célebre romance,
junto al otro de Abenámar,
es de los más conocidos
de la épica castellana
y a menudo recitado
en poéticas veladas
porque nuestro Romancero
es reliquia venerada.
Los romances son poemas
de carácter narrativo
con el ritmo y la cadencia
de los versos octosílabos
que en nuestra Lengua Española
tiene rasgo distintivo
pues la mitad de la Historia
en los romances se ha escrito.
Luis de Narváez, el músico
de nascencia granadina
y familia castellana
fue un experto vihuelista
que en el siglo XVI
gozó de muy alta estima,
tanto en su tarea de intérprete
como en la compositiva
con motetes y canciones
para la polifonía.
La vihuela, un instrumento
parecido a la guitarra
y afinación de laúd
para la cuerda pulsada,
de dulce sonoridad,
a la vez denominada
como lira de Mercurio,
dios conductor de las almas,
que por el Renacimiento
alcanzó notoria fama
en la Corte y en palacios
de la nobleza más alta.
El vihuelista Narváez,
muy virtuoso al pulsarla,
fue famoso concertista
y persona tan nombrada
que hasta el emperador Carlos
a la Corte lo llamara,
donde el reputado artista
a todos entusiasmaba.
A Narváez lo nominaron
“maestro de cantorcicos”
en el palacio imperial
donde regía Carlos V
para instruir en la música
a Felipe, que era un niño,
de mayor, “el rey Prudente”,
tal cual fuera conocido.
Luis de Narváez compuso
para música vocal,
basándose en los romances
de tradición popular,
no sólo en los fronterizos
o épica tradicional
sino también en los líricos
muy gustosos al trovar.
Asimismo, en gregoriano,
que tanta solemnidad
nos transmite en las liturgias
con su ascético cantar,
pues sus salmodias se invisten
de la música al rezar.
Su obra más importante,
“Seys libros para tañer
la vihuela”, colección
donde nos da a conocer
los populares romances
primitivos del ayer
y villancicos antiguos
de diverso proceder.
La obra que se relata
Narváez se la dedicó
a Francisco de los Cobos,
el secretario en función
de quien fuera Carlos V,
poderoso emperador
cuando en las tierras hispanas
no se ponía nunca el sol
y el acaecer de la Historia
se escribía en español.
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ROMANCERO DE PERSONAJES GRANADINOS
LXXXIV.-ENRIQUE MORENTE COTELO (Granadara, 1942, Madrid 2010).
Figura del cante, Enrique,
granadino albaicinero,
osado renovador
en el arte del flamenco
al entretejer los palos
más clásicos en el tiempo
con compases trasgresores
agitando sentimientos.
Ya bailaba con los seises,
de niño, en la catedral,
cuando las fiestas del Corpus,
en tiempo primaveral,
transportan juncia y mastranzo
de la vega a la ciudad
y en Bibrambla las carocas
lucen su sagacidad
junto a los tilos, que aroman
el icónico lugar.
Muy joven marchó a Madrid,
como “Enrique, el granaíno”
donde estudió y trabajó
fijando su propio estilo
con Pepe de la Matrona,
que le marcó los caminos
y las sendas del flamenco
por sus secretos más íntimos
hasta hundirse en el aljibe
sacrosanto del quejío.
La liturgia del flamenco
y de las manos crispadas;
del escalofrío del cante
hecho un nudo en la garganta;
del misterio de los ojos
cabalgando a horcajadas
sobre la yegua del sueño,
indómita y desbocada;
del amargor de unos versos
acibarados de lágrimas;
de lunares chispeantes
al revuelo de las faldas
y de indomables zapatos
taconeando las tablas.
Actuó Enrique muy joven
con el ballet de Mariemma
en una primera gira
por escenarios de América,
que más tarde prolongó
por ciudades europeas,
llegando al lejano Oriente
de las tierras japonesas
donde alcanzó con su cante
las mieles de la leyenda.
Criticado fue Morente
por los tradicionalistas
pero se mantuvo fiel
a sus tendencias artísticas
y aunque fuese heterodoxo
era también clasicista,
pues dominaba los cantes
con sutil sabiduría
y, aun siendo un rompedor,
tuvo una mente creativa
componiendo varias músicas
para facetas artísticas
como el teatro o el cine
o series televisivas.
Conocimiento profundo
del cante Enrique tenía
como así lo demostró
a lo largo de sus días,
en la línea de Chacón
y cantando con Sabicas
o con los Habichuela,
encomiables guitarristas
cuyo toque provocaba
palpitaciones divinas.
Uno de sus grandes éxitos,
enmarcado como emblema
de los retos de la vida,
fue la canción de “La estrella”,
donde Morente buscaba
la luz y la pura esencia
que le sirviera de guía
para encontrar la excelencia.
Textos de grandes poetas,
Lorca, Hernández, los Machado,
Lope, Guillén, Bergamín,
y otros de rango elevado,
Enrique los sumergió
en el siempre mundo mágico
del flamenco y su liturgia
donde el grito desgarrado
zigzaguea por la garganta
con la fiereza de un rayo.
El grito como relámpago,
bisturí del mil cesáreas
por el vientre de la voz
espumándose en cascada
sobre el ara de unos pubis
emboscados con guirnaldas.
Este cantaor de raza
realzó la misa flamenca
y se atrevió con el rock
en una aventura extrema,
tanto con el “Lagartija Nick”
como en el álbum Omega,
haciendo que un vals vienés
evoque la hierbabuena
que en las tapias de los huertos
y en los tiestos de macetas
nos traslada al Albaicín
en noches de luna llena,
cuando suenan bulerías
cantadas por su hija Estrella
o se escucha la guitarra
de Montoya o de Habichuela.
El flamenco del cortejo
o de silencios monásticos,
cuando la sensualidad
se adueña de los tablaos
y las niñas taconean
al ritmo de los fandangos
o al ¡ay! de una siguiriya
lesa en su propio desgarro.
El flamenco es un torrente
de carbones y de escarcha
que quema en la siguiriya,
la petenera o la caña
o se deshace en violetas
por los tientos y livianas.
Versos de excelsos poetas
forman su “Misa Flamenca”,
los de san Juan de la Cruz,
Fray Luis, Lope de Vega
o los de Juan del Enzina
que tanta mística encierran
y que en la voz de Morente
con alta excelsitud suenan.
Otro de sus grandes logros
tuvo lugar en Granada
con la obra “El loco romántico”,
por Morente dedicada
al querido don Quijote,
el soñador de la Mancha
que a lomos de Rocinante
contra todos peleaba
defendiendo a los más débiles
con la fe de la esperanza
para ofrecer la victoria
a Dulcinea, su amada.
Primer cantaor flamenco
con el Premio Nacional
de Música, merecido
galardón a resaltar
pues instaló el cante grande
en eximio pedestal.
Nominado fue también
“Medalla de Andalucía”
otorgada por la Junta
con oportuna justicia
por ennoblecer el cante
hasta cotas fidedignas.
Temprano se murió Enrique
y Dios lo tenga en su cielo
que sin duda debe estar
sobre el barrio albaicinero,
y que su voz siga viva
alimentando recuerdos
de quienes en verdad aman
la liturgia del flamenco,
tan luminosa por fuera
como profunda por dentro.
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TANGOS DE MORENTE
A la hora de la muerte (2015)
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ROMANCERO DE PERSONAJES GRANADINOS
LXXXIII.-MIGUEL ÁNGEL GÓMEZ MARTÍNEZ (Granadara, 1947, Málaga 2024).
Miguel Ángel Gómez, músico,
de prematura agudeza,
muy joven se tituló
como director de orquesta,
marcando con su batuta
alto nivel de eficiencia
en prestigiosas sinfónicas
españolas y europeas.
Nació en familia de músicos,
con precocidad extrema,
pues teniendo siete años
dirigió por vez primera
un concierto con la banda
municipal de esta tierra
en el Paseo del Salón
donde el Genil se serena,
apuntando ya las dotes
de un buen director de orquesta,
el afán que Miguel Ángel
desde pequeño tuviera.
El joven Gómez Martínez,
con apenas trece años
obtuvo titulación
de profesor de piano,
y al cumplir los veintiuno
alcanzó lo proyectado
de ser director de orquesta
como siempre había soñado.
Sus estudios musicales
iniciados en Granada,
los continuó en París,
en Alemania, en Austria,
en los Estados Unidos,
siempre en sedes encomiásticas
donde el rito de la música
torna lo vulgar en magia.
Destacó por su memoria
y, entre otras diligencias,
dirigir sin partituras
ni nada que le impidiera
mirar de frente a los músicos,
según la virtuosa técnica
del musical Humanismo
de la Escuela de Viena.
A los mejores solistas,
cantantes e instrumentales
dirigió Gómez Martínez
en selectos festivales
donde la danza y la música,
la voz o masas corales,
magnifican espectáculos
de noches inolvidables.
Miguel Ángel dirigió
reconocidas orquestas
de rango internacional
como fue la de Viena,
la de Helsinki, la de Hamburgo,
la de Euskadi o de Valencia,
o la de Televisión
y la Radio, que es la nuestra,
junto con la del Teatro
Español de la Zarzuela.
En el mundo de la ópera,
dirigió a excelsos cantantes:
a Montserrat Caballé,
a Victoria de los Ángeles,
a Pavarotti, a Plácido,
a los solistas más grandes
cuya lista es tan extensa
como insigne y honorable
por su calidad de divos
en esta rama del arte.
También dirigió a intérpretes
como Alicia de la Rocha,
Rostropovich, Zacharías,
o el chelista Arto Noras
y tantos excelsos solistas
deleitando con sus obras
a un público entusiasmado
con las musicales glosas.
Fue también compositor
de inspiración delicada
y en el Festival de Música
de la ciudad de Granada
estrenó con sumo éxito
su Sinfonía del agua,
cuyas notas gorjearon
por las fuentes de la Alhambra
como las “perlas fundidas”
que Ibn Zamrak versificara.
Compuso también Nocturnos
junto a música de cámara
y una Suite de Navidad
que enriquecen las etapas
rutilantes de una vida
a la música ofrendada.
Fue Doctor Honoris Causa
en la capital de España,
académico en Valencia
y en su querida Granada,
donde también recibió
Medalla de Oro, otorgada
en otras varias ciudades
por su valía demostrada.
El templete de la Música,
ubicado en el Salón,
rememora a Miguel Ángel,
aplaudido director
que a las mejores orquestas
con éxito dirigió
y en el cosmos musical,
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ROMANCERO DE PERSONAJES GRANADINOS
LXXXII.-JOSÉ RISUEÑO ALCONCHEL (Granadara, 1665-1732).
En las artes escultóricas
destacó José Risueño
cuyo oficio lo aprendió
de su padre, carpintero,
siendo la propia casa
donde comenzó el proceso
pues escoplos y garlopas
fueron parte de sus juegos
ya que la carpintería
era el familiar sustento.
En el taller de los Mora
fue un principiante modélico
heredando el buen hacer
de los dos imagineros,
cuyas piezas escultóricas
ratifican su talento.
En las obras de Risueño
hay imágenes pequeñas
de técnica depurada
tanto en tallas de madera
como en trabajos de barro,
notándose la influencia
del maestro Alonso Cano
por su exquisita excelencia
y perfección en las formas,
sirviendo de referencia
la entrañable Inmaculada
que en la catedral se muestra,
pues el tamaño no apoca
cuando la talla es perfecta.
Lo menudo y lo gracioso
de la Escuela Granadina
se aprecia en las esculturas
que Risueño tallaría
con un personal estilo
y ternura preciosista,
aunque tampoco fue ajeno
a modas europeístas.
En las tallas de este artista,
la grandeza de sus Cristos
se invisten de majestad
ascendente a lo divino
contra tendencias barrocas
cargadas de dramatismo,
pues lo trágico en Risueño
es sublime misticismo.
La perfección anatómica,
junto a la policromía,
son dos rasgos distintivos
del siempre admirado artista
que compiló un catálogo
de conocida valía.
Entre sus mejores obras,
el relieve que destaca
esculpido en la frontal
de la seo de Granada,
loando a la Encarnación
en la barroca fachada
ya que el templo es dedicado
a esta advocación mariana.
Es de justicia ensalzar
el magnífico retablo
que luce en san Ildelfonso,
con imágenes posando
en sorprendentes escenas
muy cercanas al teatro.
En la Cartuja se muestra
una Virgen del Rosario
coronada de dulzura
y unos ojos irradiando
luz que enaltece y entibia
los silencios cartujanos,
donde el san Bruno de Mora
se aísla del ruido mundano
en la hermosa sacristía
del barroquismo monástico.
Si con la gubia y cincel
los Mora son sus maestros
con las telas y pinceles
tuvo a otro mentor experto,
el pintor Juan de Sevilla
cuyo influjo es manifiesto
en la línea y el color
que definen a Risueño.
El museo de Bellas Artes
de la ciudad granadina,
sito en el monte alhambreño
nominado la Sabika,
alberga con sumo mimo
su lienzo “La epifanía”;
y en el museo del Prado,
pintura contemplativa
de un santo Tomás de Aquino
con aura de luz divina.
José Risueño Alconchel,
otro talentoso artista,
un escultor y pintor
que marcó soberanía
en las artes luminosas
de la tierra granadina
donde nos dejó la huella
de su preclara maestría
y que hoy romanceamos
constatando su valía.
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ROMANCERO DE PERSONAJES GRANADINOS
LXXXI.-YUSUF I de GRANADA (Granadara, 1318-1354).
Yusuf, séptimo sultán
en el reino de Granada,
engrandeció con sus obras
la medina de la Alhambra
además de potenciar
la cultura musulmana
y crear prosperidad
en la sociedad islámica.
Con Yusuf se construyó
la escuela de la Madraza,
un oasis de cultura
y de difusión coránica
que obtuviera el gran prestigio
de una académica fama,
no sólo entre musulmanes
sino en las aulas cristianas.
Yusuf también erigió
la Puerta de la Justicia,
el palacio de Comares,
la Torre de la Cautiva,
oratorio del Partal
donde la luz dona vida,
la Torre de Siete Suelos
y, también, en Puerta Elvira
consiguió con sus reformas
hacerla más defensiva.
Del Patio de los Leones
se accede hasta la explanada
donde se asienta el Partal
con la Torre de las Damas,
el estanque, el oratorio,
terrazas escalonadas
como jardines colgantes
y una luz embalsamada
asperjando su esplendor
sobre el monte de la Alhambra.
Esta Torre de las Damas
es un mirador cubierto
frente a frente al Albaicín,
Generalife y sus huertos,
reflejándose en la alberca
como si fuera un espejo
las flores de los nenúfares
en sus plácidos ensueños.
Subiendo hacia el Partal Alto,
a la derecha existía
el cementerio o la rauda
de los reyes nazaritas
y a la vera del camino
se alzan torres defensivas
vigilando atalayadas
el cerro de la Sabika.
Olmos, álamos, cipreses
enaltecen el paseo,
y el nirvana de las flores
aporta tanto embeleso
que el entorno se armoniza
como escenario de un cuento.
Caminando hacia el oriente
por un florido sendero,
donde se asientan las torres
de famosos escarceos,
se llega al Generalife,
paraíso de sosiego
con el agua de las fuentes
en sigilosos mementos.
El sultán Yusuf I,
de la estirpe nazarita,
tuvo periodos de paz
y de guerra con Castilla
peleando en el Estrecho
por Tarifa y Algeciras
y otros puestos importantes
de las zonas fronterizas
entre los reinos cristianos
y la Granada islamista.
Perdió contra Alfonso Onceno
la batalla del Salado
que aminoró su poder
empobreciendo el Estado,
teniendo que recurrir
a comprometidos pactos
con los reyes de Castilla
y otras más veces, aliados
procedentes del Magreb
o poblados de africanos.
Castilla recuperó
la comarca de Algeciras,
también Alcalá la Real,
gran enclave nazarita
considerado en Granada
una de sus maravillas,
así como el ansiado puerto
de la ciudad de Tarifa,
antesala del Estrecho
que ambos reinos pretendían
y que el sultán nazarí
con valor defendería
aunque tuvo que ceder
al empuje de Castilla.
El poeta Ibn Zamrak
se inmortalizó en la Alhambra
y el lírico Ibn Hazem,
con su voz embelesada,
enalteció el amor
en la escritura aljamiada
del “Collar de la paloma”
con las más tiernas palabras
que en arábica cadencia
antes nadie poetizara.
Con matices carmesíes,
la Puerta de la Justicia
adosada a la muralla
sobre fuente carolingia,
fue la entrada principal
a la islámica medina;
hay grabados enigmáticos
de árabe simbología,
pues la llave y una mano
en la fachada esculpidas
contagian de turbación
al primer golpe de vista;
la mano y sus cinco dedos,
son preceptos islamistas
y la llave, con la borla,
es el blasón nazarita.
Pero una leyenda dice
que cuando la mano alcance
la llave que está en el arco,
ocurrirá una catástrofe
pues se destruirá la Alhambra
de manera fulminante,
siendo la fabulación
un arcano disparate.
Se eleva con arrogancia
la Puerta de la Justicia,
de planta rectangular
y alineación quebradiza,
rememorando los tiempos
del esplendor nazarita,
cuando el gran sultán Yusuf
dictaminó construirla
estableciendo el modelo
de una torre defensiva.
Sobre el arco adovelado
se sitúa una hornacina
con la Virgen y su Niño
dando paso a la medina.
Otra arcada de herradura
la puerta interior cobija
con mosaicos esmaltados
en blanco y en azulina.
El zaguán, para la guardia,
y, tras las naves contiguas,
un altar donde se ensalza
a los reyes de Castilla
cuando estandartes cristianos
ya ataviaban la Sabika.
Intrincada y misteriosa,
la Puerta de la Justicia
que envuelve en la oscuridad
su disección laberíntica
ocultando sin piedad
la radiante luz del día.
Yusuf I, sultán
de la saga nazarita,
exige ser recordado
en la historia granadina
por engrandecer la Alhambra
labrándola a maravilla,
como le dijo Abenámar
al rey don Juan de Castilla.
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