TE ESPERO EN EL CHIRINGUITO O ROMANCE de la canícula,
Juan José GALLEGO TRIBALDOS.
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Romances editados: 1.- ¡Ojú, que calor! 2.- Guiris versus sardinas.
3.- Volver a empezar 4.- El pescaíto frito. 5.-Vamos a la playa
TE ESPERO EN EL CHIRINGUITO O ROMANCE de la canícula
7: Como sardinas en lata.
Ni un minuto de sosiego,
incluso de madrugada,
pues no se puede dormir
salvo un par de cabezadas
ya que estamos por aquí
como sardinas en lata
sudando la gota gorda
y harticos de tanta playa.
Camines por el paseo
o corras por las mañanas
haciendo los ejercicios
prescritos en la gimnasia,
vayas a comprar al súper
o intentes ir a la playa,
por doquier las multitudes
pululan en desbandada
colonizándolo todo
con ansiedad desnortada,
puesto que hay aquí más gente
que jamás se imaginara
y lo mejor es largarse
zumbando para Granada.
¡Por los cuernos de la luna!
Qué placidez para el alma
llegar a Puerta Real,
perderse por Bibarrambla,
tomar un café con churros,
o en la plaza de Mariana
leerse el periódico entero,
culminar un crucigrama,
jeroglífico o sudoku
libando leche rizada.
Otro día, a Plaza Nueva,
río Darro, Santa Ana
y, si responden las piernas,
irse al bosque de la Alhambra
y en la fuente del Tomate
echar un traguito de agua
viendo pasar el tiempo
con monótona desgana
mientras la brisa va y viene
de la sierra hasta Granada.
Mas, estas ensoñaciones
sólo nacen de las ansias
de poder, por fin, subirme
a la quietud de Granada
o más aún, al Veleta,
allá en la Sierra Nevada
y echar mi vista hacia el sur,
observando en lontananza
la bruma del Mediterráneo
y el azuleo de sus aguas,
lejos de la marabunta
invasora de sus playas
donde el caballo de Atila
galopa a todas sus anchas.
Ya no voy al chiringuito
ni el espeto me hace gracia,
ni siquiera una cerveza
con un platito de gambas
o unos boquerones fritos
hijos de la mar salada,
pues me he propuesto alejarme
del bullicio de la playa
donde la gente no puede
ni tumbarse en la toalla
y es un tormento llegar
a remojarse en el agua,
ya que todo el mundo está
como sardinas en lata
que ni siquiera en el Corpus
o en la feria de Granada
se puede ver tanta gente
hormigueando en la playa.
¡Que no se puede aguantar!
¡Cachis en la mar serena!
Mas, como dice el refrán
de cachazuda manera,
según reflexión antigua
al hablar de las lentejas,
que si quieres te las comes
y, si no quieres, las dejas.
Pues lo dicho, dicho está,
me largo para Granada
aunque tenga que sufrir
la pertinaz caravana,
que desde Motril a Armilla
parece Semana Santa
con coches procesionando
midiendo bien la distancia
cual hacen los nazarenos
cuando van de retirada,
unos en pos de los otros
en resignación cristiana.
Y con esto finaliza
la serie romanceada
que, entre chiringo y sardinas,
sombrero, tumbona y playa
y algún que otro bañito
temprano por la mañana,
cuando puedes, sin agobios,
llegar a donde está el agua,
hemos echado el verano
y ahora toca irse a la casa
para poder descansar
del agobio de la playa
donde solo otoño e invierno
tiempos son de paz y calma.
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TE ESPERO EN EL CHIRINGUITO O ROMANCE de la canícula
6: Cita previa
Al ir hoy al chiringuito
ha surgido la sorpresa
pues, por no haber reservado,
no había libre ni una mesa
donde pudiera sentarme
en mi obsesiva tarea
de rimar los octosílabos
mientras pimplo una cerveza,
manteniéndome alejado
del suplicio de la arena,
donde torsos cimbreantes
de juncales damiselas
enaltecen su palmito
bamboleando caderas,
en contraste arquitectónico
de estilísticas diversas
con hombretones luciendo
su barriga cervecera,
algunas tan abultadas
que preñados parecieran
tal como cuenta el romance
de lo acaecido en Ferreira
por el siglo XVI,
entrada la Edad Moderna.
Y no están preñados, no,
simplemente homenajean
al dios Dionisio o a Baco,
cada uno a su manera,
bien en liturgia romana
o en solemnidad helénica,
o quizás a la española,
esa costumbre tan nuestra
de pimplar por cualquier cosa,
a cuento, venga o no venga,
un entierro, duelo o boda,
cumpleaños, bautismo o fiesta,
lleguen rectas o torcidas
por la diestra o la siniestra,
truene o relampaguee
y que sea lo que Dios quiera.
Me dirijo al camarero
haciéndole un par de muecas
y él mira hacia el otro lado
enarcando las sus cejas,
ofreciéndome la espalda
cual si no me conociera,
que en lenguaje gestual es:
“¡Bueno! y a mí, ¿qué me cuentas?
Mas, luego, ceremonioso
como un maestro en la escuela,
recompuesto su ademán
y con vocecita queda,
dice que hay que reservar
si tener quiero una mesa,
ya que el enchufe no vale
ni sirven las triquiñuelas
pues la cosa está que arde
en temporada playera
y hay que ser espabilado
o te quedas a dos velas,
por lo que el día anterior
debo pedir cita previa.
Yo, con el ceño fruncido
intento hacerle otra seña
pidiéndole un taburete
o una sillita de anea
donde poder situarme
y tomarme mi cerveza
mientras rimo una metáfora,
un símil o lo que sea.
Pero él ni se conmueve,
mirando a izquierda y derecha,
siempre dándome la espalda
como si yo no estuviera,
enjuiciándome, presiento,
como tenaz pejiguera,
porque, a veces, de reojo,
me indica con la cabeza
que no por seguir allí,
demostrando más paciencia
que el imperturbable Job,
voy a conseguir una mesa.
Impertérrito le sigo
y me sitúo a su diestra,
mas, dice que ya me ha dicho
que no hay libre ni una mesa
y las que están disponibles
todas tienen su reserva
y que no me va a dar una
para una simple cerveza.
Entristecido y mohíno,
con la gorra bien calada
para que el sol despiadado
no me rejonee la calva,
asumiendo mi fracaso
me las piro de la playa
y anclo en una pizzería
con banderitas de Italia
donde enseguida me muestran
los listados de la carta.
Les digo que sólo quiero
una cervecita fresca
disponiendo media hora
de una silla y una mesa
ya que hay varias vacías
y nadie se fija en ellas;
pero la chica replica
muy simpática y resuelta
que solo puedo sentarme
si pido a la camarera
espaguetis o una pizza,
margarita o boloñesa,
macarrones o lasaña
o ñoquis con mozzarella.
Mosqueado me levanto
y en parsimonia muy lenta
me cobijo en el sombrajo
que me ofrece una palmera
junto a un niño en patinete
surfeando por la acera;
en ese momento el móvil
en el bolsillo me suena
digo: ¡Hola!, ¡Buenas tardes!,
pero nadie me contesta
y, clamando en el desierto,
yo lo mando a hacer puñetas
que es lo mismo que toparse
con las napias en la puerta.
Pues las cosas son así
cuando el mes de agosto aprieta
y quizás, lo más sensato
sea coger la carretera
y largarse hacia Granada
porque allí, tal vez, se pueda,
sobrevolado el ocaso,
deambular por Plaza Nueva
hasta el Paseo de los Tristes
al final de la Carrera,
donde el Darro sabiamente
salmodia su cantinela
con el ritmo que le marca
la campana de la Vela.
Y si vienen terremotos,
y todo en derredor tiembla,
el sustillo se nos pasa
a la hora de la siesta,
pues los sismos en Granada
son una cosa tan nuestra
que los echamos en falta
si pasa el tiempo y no llegan,
como un buen malafollá
pontificando dijera
junto al Polifemo pícnico
que en Puerta Real pavonea
por la fuente “Las batallas”
exhibiendo sus vergüenzas.
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5: Vamos a la playa
Yo visito al mediodía
las arenas de la playa
pero me quedo a unos metros
del espumeo de las aguas,
al socaire de un chiringo
de placidez sombreada
do sirven cerveza fría
y chipirón a la plancha.
Hay también a un par de pasos
una barquita ancorada
con espetos de sardinas
chispeando entre sus brasas
cuyos olores conmueven
hasta al lucero del alba.
Desde mi atalaya veo
a la gente que se baña
torrándose con afán
barriga, culo y espalda,
y, sudando como pollos,
se zambullen en el agua
para en braceos impostados
dar la impresión de que nadan,
siendo apenas unos metros
los que en realidad avanzan
y retornan, casi exhaustos,
a tumbarse en la toalla
torso arriba, torso abajo
y en la nariz chamuscada
colocándose con mimo
unas versátiles gafas
para ver sin que descubran
a dónde va la mirada,
si a las doncellas de al lado
o las que salen del agua.
Pero yo en mi chiringuito,
con una cerveza helada
y un espeto de sardinas
con turgencias plateadas,
o un platillo bien dispuesto
con sus coquinas y gambas,
me repantigo en la lona
de una azulina butaca
para ver pasar el tiempo
oteando a lontananza
por si allí, en el horizonte,
algunas nubes avanzan
o se aquietan o se mutan
o, como vacas preñadas,
pacen en el azul cielo
cachazudas y abombadas.
Y, si a veces me sacude,
una dulce cabezada
yo me dejo seducir
por sus caricias de nácar
hasta quedarme atrapado
en sus hilillos de escarcha
mientras el olor a espetos
por todos sitios cabalga
lujurioso e indomable
en pertinaz asechanza
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2: Guiris versus sardinas
Me dirijo al chiringuito
ha llegado el mediodía
al reclamo del espeto
y una cerveza bien fría
que, a la sombra del chamizo,
los contratiempos alivian
y, aunque parezcan placebo,
son terapia salutífera
como dicen los sapientes
doctores de medicina
así como en los estudios
de la farmacología.
A mi vera están dos guiris,
serios cual esfinge egipcia,
o quizás más desnortados
que un pulpo en la rebotica;
mas, al ver al camarero,
le piden una sangría
que al momento se la traen
en una jarra fresquita
y escancian con parsimonia
la procelosa bebida
en liturgia taciturna
sin verter ni una sonrisa,
como se está en un entierro
o se debe estar en misa.
Beben despacio, calmosos,
con inglesa disciplina,
entrecerrando los ojos
y, sin hablar, solo miran
el sosiego de las olas
onduladas por la brisa,
lamentando cómo merma
el nivel de la sangría.
Al cruzarnos las miradas
yo les brindo una sonrisa
y, a la vez, me corresponden
con otra mucho más tímida
mientras le dan otro tiento
a la jarra de sangría.
Ella porta una pamela
orlada por varias cintas
y él una gorra azulada
con la visera amarilla;
los rostros, muy sonrosados
y, en las piernas blanquecinas,
se remansan los embates
de británicas neblinas.
Al parecer, jubilados,
de Gran Bretaña, diría,
pues la dama es pelirroja
salpicada de pequitas
por el rostro y por los brazos,
mientras él luce perilla
entre cana y rubicunda
y unas gafas de miopía.
De ademán ceremonioso
para saludar inclinan
cabeza y torso a la vez
con solemne disciplina,
tan hieráticos los dos
que anglicanos parecían.
Yo les digo “Buenas tardes,
¿qué tal está la sangría?”
Ellos contestan que “Good”
y que ¡Viva, España! ¡Viva!,
sin inmutarse ni un pelo
al albur de la sombrilla.
En menos de un santiamén
acabaron su bebida
y con aire circunspecto
demandan otra jarrita
sin llegar a la ocurrencia
de pedir unas tapitas,
aunque solamente fuera
media docena de olivas
o, quizás, mejor aún,
unos taquitos de jibia.
Yo les sugiero, al momento,
con intención persuasiva
que pidan un par de espetos
y se dejen de pamplinas.
“¿Pamplinas? Yo no comprendo”,
ella dice sorprendida
pues apenas balbucea
la tramoya cervantina,
y les señalo con gestos
los espetos de sardinas
que humeantes en las brasas
a pecar de gula incitan.
Se miran interrogantes
con la flema isabelina
entre apetencia y recelo,
y finalmente claudican
demandando los espetos
que les sirven enseguida
mientras pimplan, circunspectos,
otro trago de sangría.
Les advierto que los dedos
han de utilizar por pinzas
pues tenedor y cuchillo
no hacen aquí buenas migas
ya que pulgares e índices
son perfectas tenacillas.
Las tocan con prevención
porque están muy calentitas,
humeantes aún un poco,
pero muy pronto se animan
y en menos que canta un gallo
dieron fin a las sardinas
esbozando tan contentos
hasta dos o tres sonrisas.
Con el pulgar levantado
al socaire de la brisa
me dicen que “very well”
y “ricas, ricas, muy ricas”,
prometiendo que mañana
volverán al mediodía
a zamparse un par de espetos
bajo el sol de Andalucía
que a estas horas rejonea
cual si fueran banderillas.
Pero los dos, impertérritos
continúan con las sardinas
en revisión cirujana
y técnica jamás vista
dejando de los espetos
la cabeza y las espinas,
con tal minuciosidad
que nunca vi tal pericia
ni en las playas malagueñas
ni en la costa granadina,
donde los espetos son
el maná de cada día
en los tiempos del estío
cuando llega la canícula.
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1:¡Ojú, qué calor! .
Proemio
Para aliviar los calores
que nos endilga el verano
yo recurro al octosílabo
en versos romanceados
y en la mesa de un chiringo
me predispongo a rimarlos,
mientras pimplo una cerveza
o dos, si se tercia el caso.
¡Ojú, qué calor!
Cuando el estío se enraíza
con sus calores benditos
me afano en el ritual
de visitar chiringuitos
y en todos ellos encuentro
a maestros y a peritos
muy versados en el arte
de espetar el pescaíto
o freír los calamares
con ese toque divino
que en playas de nuestra tierra
es un rasgo distintivo.
Si el asunto va de espetos
hay que hilar bastante fino
pues vayas a donde vayas
siempre será un buen destino
al encontrar espeteros
a sus fogatas uncidos
asando con toques mágicos
las sardinas, cuyo brillo
al radiante sol expuestas,
emanan tal olorcillo
que a sus fulgores y aromas
siempre se acaba rendido.
No hablemos de las almejas,
mejillones, conchas finas,
boquerones al limón,
los chanquetes o la jibia,
los gambones o cigalas,
las sabrosas puntillitas,
los calamares, el pulpo,
las coquinas o gambitas
que cocidas o a la plancha
saben a gloria bendita.
Y bañarse ¿para cuándo?
me pregunta con buen tono
un amigo que en su hamaca
bajo el astro rey redondo
lucha por un bronceado
de piernas, tórax y lomo.
Con mis mejores palabras
y sonrisas le respondo
que las cosas son complejas
y tiempo habrá para todo,
pero que al mediodía
yo solamente me mojo
las cavidades ventrales
y el espacio de su entorno
ya que atravesar la arena
sorteando los chinorros
y los niños con balones
zambombeándolo todo
para llegar hasta el agua
bajo este sol de bochorno,
es de épica arriesgada
que ni de lejos soporto.
Por lo tanto, al mediodía,
lo que rige es una caña
o un par de ellas si se tercia
con un espeto de tapa
y, después, lo que se diga,
que las mañanas son largas
y cansinas de aguantar
sin remojar la garganta.
Dice el refranero antiguo
con afilada ironía
y algo de recochineo
que de cuarenta p’arriba
hay que tener prevención
al mojarse la barriga.
Concluyendo, ya se sabe
que un par de cañas al día
cuando el Lorenzo calienta
con su braveza bravía,
es mantener la liturgia
de arcana sabiduría.
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3: Volver a empezar
Aherrojado en mi butaca
del playero chiringuito,
al albur de una cerveza
y unos boquerones fritos
observo cómo en la arena
hay un grupo de chiquillos
intentando construir
un gigantesco castillo
con sus torres, sus almenas
y un gran foso defensivo.
Unos aportan el agua
que acarrean en cubitos,
otros amasan el barro
con pericia y con ahínco
y algunos, como canteros,
van seleccionando chinos
para darle a la muralla
su sello característico.
El castillo, poco a poco,
va germinando a buen ritmo
en medio del entusiasmo
candoroso de los niños
absortos en la faena
con ardor imperativo.
En lo alto de una torre,
con un papel de aluminio
perforado en el extremo
por afilado palito,
han izado una bandera
que señala el predominio,
ondeando que da gusto
con el viento levantino.
Todo son risas y saltos,
arrebato y regocijo
cuando una ola insumisa
ha inundado sin aviso
la fortaleza de arena
y en siniestro apocalíptico
el fortín se derrumbó
sin dejar ningún vestigio.
Ellos miran apenados
y con aire compungido
porque solo en un plis plas
su ilusión se ha demolido;
mas, sin pensarlo dos veces,
unos metros se han subido
por la arena de la playa
y, en ademán decidido,
con sus palas recomienzan
a forjar otro castillo.
Yo, arrebujado a la sombra
plácida del chiringuito,
alternando una cerveza
con gustoso pescaíto,
contemplo el arduo proceso
y con placer me sonrío
admirando la utopía
prodigiosa de estos niños,
pues quien vuelve a comenzar
nunca será un ser vencido.
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4: El pescaíto frito
En los refugios marengos,
cuando se asienta el estío
y el sol se pone farruco
como un semental bravío,
hay que buscar los sombrajos
que nos reporten alivio,
porque, si no, el mediodía
suele ser martirio chino.
Es por tanto necesario
anclar en un chiringuito
y rendirle los honores
al sabroso pescaíto,
en una arcana liturgia
iniciada con el rito
de pedir un par de espetos,
una caña fría de grifo
y luego lo que se diga
o demande el apetito,
tacos de jibia a la plancha,
chanquetes, calamarcitos,
almejas, pulpo, coquinas
o unos boqueroncitos.
Ésta es santa tradición,
desde el tiempo de los íberos,
más o menos, según dicen
los sesudos eruditos
cuando pimplan y conversan
al socaire de un chiringo,
donde hace miles de años
se bañaban los fenicios,
cartagineses, romanos
y los dioses del Olimpo,
hasta que las rubias nórdicas,
durante el pasado siglo,
arribaran a estas costas
exhibiendo poderío
y desnortando a mancebos
con biquinis pequeñísimos,
vestimenta que hoy por hoy
es de un uso restringido
porque ya se está imponiendo
ir a cuerpo ligerito
ocultando sólo apenas
ocho, nueve o diez centímetros,
tal y como se regula
por las leyes de lo mínimo.
Pero ciñéndonos hoy
al litoral granadino,
donde se avista la sierra
con sus geométricos picos
no faltará el remojón
y, si se tercia, un buen vino,
poco, que al ser cabezón
aunque sea solo un vasito,
se encarama a la cabeza
sin solicitar permiso,
por lo que hay que estar atentos
y no meterse en un lío
pues los guiños del dios Baco
son armas de doble filo.
El caso es que me he encontrado,
camino del chiringuito
bajo el sol abrasador,
a un complaciente vecino
que desde tierras norteñas
a nuestra costa se vino,
no como veraneante
sino en plan definitivo
buscando el sol y la playa,
tornándose pronto adicto
a las lustrosas sardinas
espetadas en chiringos,
a las que él mismo compara
con un óbolo divino.
Iba a ser una cerveza
pero, luego, lo que pasa…
que un carro con una rueda
o no camina o se atasca…
y cascando y cascando
se nos pasó la mañana
entre caña y pescaíto
y unas gambas a la plancha
tan sonrosaditas ellas
que era un placer cortejarlas…
y en el rito del cortejo
la faena hay que acabarla.
Y luego, pues… lo de siempre,
que tras pimplar unas cañas
nos escanciaron un vino
oriundo de la Alpujarra,
en las viñas de Laujar
enlomadas por las ramblas
donde el Rey Chico, Boabdil,
tras la Toma de Granada,
se aposentó entristecido
con Moraima y con Aixa.
Y pimplando y charlando
acodados en la barra,
prestos a solucionar
los líos que anublan España,
se nos largó el santo al cielo
al ardor de las palabras,
mientras unas gaviotas
por la orilla planeaban,
disputándose un pez muerto
transportado por las aguas.
Ajustándonos las gorras
para proteger la calva,
nos lanzamos al asfalto
donde el sol rejoneaba
con el ardor de un guerrero
cuando empieza la batalla,
y, sin pensarlo dos veces,
reemprendimos nuestra marcha
aprovechando la sombra
que brindan unas acacias.
Y, sudando más que un pollo,
por fin arribé a la casa
para ofrecerle a Morfeo
mi siesta en una butaca
viendo el viento de levante
virar con rumbo hacia Málaga.
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